. Se levanta de la cama a las siete de la mañana. Se desnuda en el cuarto de baño frente al espejo y señala, sin mirarse, uno a unos los arañazos que ha coleccionado a lo largo de los años.
. Se asoma apoyándose en el marco de la puerta mirando hacia la cama mientras deja que el agua corra hasta que se vuelva caliente.
. Se despierta, se dirige hacia el baño pasando por delante de él. Apoya una de las manos en su cadera, estira el otro brazo, la mano y hasta la punta dedos rozando con éstos el grifo cerrándolo.
. Se queda frente a él poniéndose de puntillas y comienza a lamerle los ojos, la clavícula y el corazón.
La saliva es antiséptica, dicen.
Cambias madrugar para ir al colegio por el trabajo
El vaso de leche con cereales por el café con leche
La televisión con dibujos mientras desayunas por la radio y las noticias o algún programa gracioso que sabes, acabará aborreciéndote
Compras esporádicamente lotería, incluso para el sorteo de navidad y del niño, aunque te parezca un timo. Nunca se sabe.
Más responsable
Crítico
Intransigente
Todavía un tanto indeciso
Y después de haber criticado siempre a tu padre por poner el sorteo de navidad y no dejarte ver los dibujos, te sorprendes a ti mismo en el trabajo viéndote reflejado en él con los auriculares puestos, escuchando la radio desde las 9 de la mañana para ver si, este año, la suerte te sonríe a ti.
... afortunado en amores
Donde el agua se espesa, una palabra
que se queda en los labios es un hilo de nieve.
Donde la voz se pierde está el secreto
de las manos del frío,
de todas las pequeñas hojas cristalizadas.
Una estrella oscilante se detiene
para la intimidad de la vigilia.
La calle está mojada, el paseante
va pisando la luna bajo la indiferencia de los árboles,
bajo la indiferencia de una noche
que ahora mismo se ordena
sobre las previsiones de sus lámparas.
Como un faro en lo alto,
la luz en la ventana de una mujer que duerme
ilumina los ojos
de otra mujer que, al borde de la cama,
permanece despierta mientras crece
la sombra de sus manos,
su invisible soledad de otro mundo.
La herida del invierno te ha llevado a creer.
Para entrar en lo blanco, vas a necesitar el corazón.
TRES MOMENTOS DE MI AÑO
PRINCIPIO: Un hombre sufre un infarto. Pasado el tiempo, y como ejercicio para mantenerse sano, sale cada mañana de casa para dar una caminata de dos horas. Atraviesa la ciudad y llega a un camino de tierra donde, a diestra y siniestra, el verde lo invade todo. A mitad de éste observa cómo una serie de caracoles cruzan la vía sin demasiada suerte. Son muy lentos y algunos yacen aplastados. El hombre, que hasta el accidente no apreciaba la vida, se dedica, durante una hora larga, a coger los caracoles aún vivos y los traslada al otro lado del camino. Vuelve a casa y, para sorpresa de los demás, se emociona y casi llora reivindicando la mala suerte que tienen los caracoles porque este mundo se mueve demasiado deprisa para ellos.
DESARROLLO: Camino por tu espalda con las yemas de los dedos mientras tú duermes, y expongo en ella la teoría heliocéntrica donde ésta es el centro de mi universo y mi mano el planeta que gira de oeste a este descubriendo cada satélite lunar.
Mientras tú suspiras y te retuerces un poco, porque al girar mis dedos sobre tu piel hago espirales, un torrente de sensaciones fugaces recorre de norte a sur la constelación que forma cada poro de tu piel.
Y mis dedos transpiran sonrisas y tu espalda se electriza al pasarle los pequeños impulsos nerviosos que viajan por mi cuerpo quedándose en el tuyo, como cada mañana.
DESENLACE: Esquivo a la chica que finalmente ha chocado con uno. Lo miro amenazante y sigo caminando porque he escuchado una melodía. Más cerca. Más nítida. Y ahí está. Un señor delgado, con jersey en tonos grises y pantalón marrón toca una flauta de plástico en medio del parque y, mientras paso, lo miro e imagino como un encantador de personas. Quizá ajeno al poder que ejerce su melodía en los demás, tal vez por un puñado de céntimos que, seguramente, no le dará más que para un bocadillo. Y paso de largo no sin sentirme mal porque a lo mejor, él es una de esas personas que tampoco se sienten encantadoras.
(Importante darle al reproductor mientras se lee. El que lo lea que me haga caso xD)
Un minuto cincuenta segundos antes, el chico del videoclub que recupera una llamada perdida inesperada, sale corriendo sin echar el cierre dejando en suspense las películas que traen por desenlace impactar contra el suelo.
Corre…
Corre….
Corre…
Ycorrecasisinaliento. Como en sus sueños, dejando el local cada vez más y más atrás, sorteando personas, semáforos y coches. Hasta su propia vida.
Llega hasta el portal y después de mirar al frente, levanta la cabeza dirigiéndola hacia la ventana donde las cortinas amenazan suntuosas escaparse con el viento que sensualmente, juega con ellas en un continuo vaivén; y vuelve a bajar la mirada, tal vez impulsado por el peso de las lágrimas y la mira de nuevo.
Apenas vestida.
Apenas viva.
Avanza rápido hasta el lugar apartando a la gente que, a su alrededor, se reúne en un corro abanderado por zapatillas de estar por casa y bata. Se arrodilla a su lado dándole la vuelta, descubriéndola cogiéndola entre sus brazos y la incorpora y aprieta contra su pecho mojándola en esta noche tan seca, manchándose por última vez la camiseta de incertidumbre, de un final alternativo que jamás guionizó.
Hay ángeles entre nosotros
La ciudad a las diez de la mañana está más despierta de lo que parece y las personas andan de arriba abajo, los coches atraviesan las vías saltándose semáforos y aparcando en doble o quizá triple fila. Mientras te escribo por la calle, porque apenas hace una hora que me he levantado de tu lado y ya te echo de menos, me cruzo con un tuno. Esto promete, me digo sonriéndome.
Después de escaquearme del trabajo por las dichosas migrañas, llego como puedo a la tienda donde compro el cargador para el portátil y vuelvo a poner rumbo hacia la arteria de la ciudad, donde la gente me arrastra como si fueran una ola acercándome a la orilla mientras una melodía empieza a colarse por mis oídos, haciendo que estire las orejas intentando captar de dónde proviene. Inspiro. Me gusta la música. En la acera espero a que el semáforo se ponga en verde y una pareja que, seguramente se haya saltado las clases, se para a mi lado discutiendo por noséquécosa, ella se gira mirándome y pone cara de buf; me sonrío y el chulo que va con ella le pasa el brazo por encima mirándome. Ha marcado su territorio.
Cruzo esquivando a una chica que finalmente ha chocado con aquél que marcó territorio y se gira gritándole. Lo miro amenazante y me digo a mí mismo sinoteníaespaciotontoelcapullohaberteapartadoquelacallenoestuya y sigo caminando porque de nuevo he escuchado esa melodía. Más cerca. Más nítida. Y ahí está. Un señor delgado, con jersey en tonos grises y pantalón marrón toca una flauta de plástico en medio del parque y, mientras voy pasando, sigo mirándolo y lo imagino como un encantador de personas. Quizá ajeno al poder que ejerce su melodía en los demás, tal vez por un puñado de céntimos que, seguramente, no le darán para más de un bocadillo, si es que lo invierte en eso. Y paso de largo no sin sentirme mal por la situación que debe de estar atravesando, sobre todo porque a lo mejor, él es una de esas personas que no se sienten encantadoras.
Vuelvo a esperar a que otro semáforo se ponga en verde y me giro dando la vuelta sobre mí mismo metiendo las manos en los bolsillos, hundiendo la cara en la bufanda para taparme la nariz deseando encontrarme con la tuya, observando la cantidad de gente que va con paso apresurado, ausente. Con sus auriculares, como si tuvieran un cartel en la frente de: prohibido hablarme, estoy demasiado ocupado/a escuchando mi música favorita o el programa de radio. Porque el silencio también es comunicación. Déjame en paz. ¿Has probado alguna vez a escuchar una ciudad? Hazlo.
Pero la idea del encantador de personas le roba a mi dolor de cabeza un protagonismo quizá absurdo, pero tan necesario que escribo sobre ello. Y te lo cuento, porque seguramente él tenga el poder, el ritmo, la armonía y el sentimiento que los demás no tienen a las diez de la mañana.
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